«La crisis divertida» por Oscar De La Cruz.
En «El Lobo de Wall Street» el Jordan Belfort interpretado por DiCaprio amagaba en un par de ocasiones con explicar de manera detallada el funcionamiento de su negocio pero enseguida lo descartaba para continuar mostrando el ritmo de vida desenfrenado generado por dicho negocio. Toda una declaración de intenciones con la que Scorsese enviaba un claro mensaje: No os vamos a aburrir con tecnicismos. Os lo vais a pasar teta viendo como vivía esta panda de cabrones.
Se desarrolla en una época distinta y no narra los mismos acontecimentos, pero en esencia «La Gran Apuesta» ofrece eso que Scorsese obviaba con toda la intención del mundo en su película. El film dirigido por Adam McKay parece aceptar el desafío convencido de que puede exponer un sinfín de complejas terminologías económicas y enrevesados productos bancarios de una manera extremadamente divertida. Ese pequeño milagro se produce gracias a la perfecta fusión entre dos guionistas muy dispares. Adam McKay ha desarrollado la totalidad de su carrera dentro de la comedia más pura, desde su época en «Funny or Die» y «Saturday Night Live», continuando su estrecha unión con Will Ferrell en películas como «Pasado de Vueltas», «Hermanos por Pelotas» o la mítica «El Reportero: La Leyenda de Ron Burgundy», mientras que Charles Randolph acostumbra a tocar temáticas más enfocadas a lo político y social como demuestran «La Vida de David Gale» o «La Intérprete».
De la fusión entre ambos ha nacido un maravilloso híbrido que demuestra que Aaron Sorkin no es el único guionista en la actualidad capaz de manejar cantidades ingentes de información y ejercer como cronista del mundo contemporaneo diseñando diálogos y escenas memorablemente ágiles, brillantes y repletas de ingenio. Este hecho, unido a la maravillosa labor de montaje y la dirección del propio McKay, desarrollan en tono de entretenidísima comedia el relato de algo que en el fondo no tiene ni puñetera gracia. Ahí es donde «La Gran Apuesta» se agiganta y consigue la cuadratura del círculo en cuanto a la creación de sensaciones, ya que trás su fachada de puro entretenimiento, jamás renuncia a mostrar su vocación de denuncia y de mirada dramáticamente pesimista. Te vas a reir (mucho) y te vas a indignar al comprobar como una compleja mezcla de estupidez, optimismo exagerado, golfería y falta de escrúpulos hizo que la economía mundial se fuese al garete. Vas a sentir terror al intentar digerir que, de toda la población mundial, solo un puñado de «nerds» lo vieron venir (el primero en hacerlo tenía un solo ojo, para colmo de la ironía) y sobre todo vas a salir de la sala con muy pocas esperanzas de que esto sirva como toque de atención para evitar repetir errores en el futuro.
Tanto la autobiografía de Jordan Belfort como la novela escrita por Michael Lewis en la que se basa «La Gran Apuesta» pueden englobarse en el sub-género literario «Como hacerse millonario» y a la vez funcionan como una excepcional crónica histórica relatada desde dentro, con los testimonios de primera mano de los implicados, auténticos anti-héroes en su práctica totalidad que, en el mejor de los casos, reniegan y sienten repugnacia hacia un sistema del que ellos forman parte y también se nutren. Junto a las maravillosas labores de guión y dirección y su vertiginoso montaje, las actuaciones son la cuarta pata de la mesa sobre la que se sustenta una de las películas más redondas y necesarias que pueden disfrutarse actualmente.
Gracias a un espectacular reparto en estado de gracia desde el primero de los protagonistas hasta el último secundario, la fascinante trama avanza a toda velocidad desde cuatro ángulos diferentes. En primer lugar el del iracundo y amargado Mark Baum (interpretado por un espectacular Steve Carell) que emerge como el personaje con trasfondo más trabajado y dramático y con el que el espectador puede empatizar más por personificar el dilema moral de las acciones de los protagonistas y por ser el encargado junto a su equipo de analistas de hacer las preguntas clave durante su minuciosa investigación de la burbuja inmobiliaria. Ryan Gosling se mete en la piel (y la peluca) de un típico y divertidísimo especimen de la fauna de Wall Street que por momentos recuerda al Mark Hanna interpretado por Matthew McConaughey en «El Lobo de Wall Street». Personalidad arrolladora y puro carisma son las señas de identidad de Jared Vennett, encargado principal de ejercer como narrador de la historia e interactuar directamentamente con el público rompiendo la cuarta pared aunque no el único, ya que dichas funciones pasan a manos de otros personajes en momentos puntuales.
Brad Pitt, productor del film, se reserva un breve pero inolvidable papel como guía de los otros dos jóvenes emprendedores que vieron venir la catástrofe y Christian Bale completa el cuadrado encarnando al estrambótico Michael Burry, alma y detonante de toda la historia. Este oráculo de un solo ojo adicto al trabajo, apasionado del heavy metal y carente de habilidades sociales podría darle un merecidísimo segundo Oscar a Bale, que se come el film en cada intervención en un papel completamente diferente a cualquier trabajo previo del actor. No se puede hacer ni expresar más en menos minutos en pantalla. Sencillamente soberbio.
Al igual que «Moneyball», la anterior novela de Michael Lewis, «La Gran Apuesta» es otro ejemplo de que las frías cifras, las aburridas estadísticas o los enrevesados mecanismos de la banca pueden resultar fascinantes convertidas en una clase cinematógrafica de economía magistral, didáctica y rabiosamente entretenida. La crisis económica mundial puede ser divertida y si algún concepto es especialmente complejo siempre será más sencillo de entender si te lo explica Margot Robbie en un bañera llena de espuma.
«La Gran Apuesta» se estrena en cines el 22 de Enero.




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