Crítica: “Érase una vez en… Hollywood”


Ojalá la vida fuese cine

Todo acto de creación de una obra de ficción lleva implícito en el fondo cierto acto de rebelión contra la realidad. Una confrontación poética contra el absurdo y el sinsentido del mundo que se manifiesta en mayor o menor medida según las inquietudes del creador y que incluso puede llegar a convertirse en obsesión recurrente y piedra angular sobre la que edificar toda una carrera.

Es el caso de cineastas contemporáneos como M. Night Shyamalan, Woody Allen o Quentin Tarantino, que han convertido dicha confrontación en tesis y que, con las sugerentes diferencias que otorgan a cada uno de ellos un estilo personal inconfundible, siempre hablan de lo mismo a través de cada una de sus obras.

En lo que respecta a Tarantino, se puede hablar de una clara evolución y progresiva simplificación del mensaje en su segunda etapa. El juego entre realidad y ficción siempre ha estado ahí desde el comienzo. Si existe un rasgo característico en sus personajes es el contraste entre comportamientos claramente humanos y terrenales y formas de actuar que únicamente son posibles en una película. De “Reservoir Dogs” a “Kill Bill”, el personaje tarantiniano paradigmático pasa de ser una simple persona a un personaje de pura ficción de manera alterna, constante y fluida pero es en su obra posterior donde este juego se sofistica, paradójicamente mostrándolo de manera más evidente, junto a una exposición mucho más directa y explícita de su mensaje cuando ambienta sus películas en un contexto histórico.

“Érase una vez en… Hollywood” formaría de esta manera un tríptico perfecto junto a “Malditos Bastardos” y “Django Desencadenado”. Algo así como una “Trilogía de la Idealización” muy centrada y consecuente en la que el director ajusta cuentas con el mundo mostrando el poder catártico de la ficción en todo su esplendor.

Dejando de lado obviedades como el hecho de que toda la película es una carta de amor sincera y rotunda al cine, al oficio de actor y a una época muy determinada y que es la obra más sentimental, evocadora y nostálgica de su autor, la película tiene todos los ingredientes para decepcionar a todo aquel aficionado al cine que piensa que Tarantino termina con “Kill Bill” y aún mantiene la esperanza de un regreso a las esencias primigenias.

Hace tiempo que Tarantino ha dejado de preocuparse por resultar transgresor y divertido en cada segundo de metraje. Con la sutileza y tranquilidad que seguramente otorgan la edad y la experiencia, en cada nueva película se recrea más en el detalle y muestra menos prisa por llegar a su objetivo. Lo que a bote pronto puede resultar un film excesivamente largo para lo que pretende relatar, repleto de tiempos muertos y abundantes paseos en coche aparentemente insustanciales, esconde después de su conveniente digestión otro guión absolutamente férreo dentro de su sencillez.

Que sus tres horas de duración puedan parecer largas para su historia atiende principalmente a que no hay historia. Es un estudio de tres personajes diseccionados a distintos niveles y casi de manera independiente a través de escenas largas, sustentado por la recreación de la época y sobre todo por el trabajo actoral de sus tres estrellas protagonistas. Bajo una premisa que podría ser una interpretación retorcida de “La Vida de Brian”, el film evita una mirada protagónica de la figura histórica (El matrimonio Tate-Polanski como representante del nuevo Hollywood emergente) y se centra sobre su vecino, una estrella de televisión en su ocaso que intenta dar el salto a la gran pantalla, desorientado ante los cambios en una industria en proceso de renovación que casi ya no reconoce.

Un extraordinario DiCaprio instalado en la cima de su carrera, que continúa mostrando una capacidad de adaptación que lo convierte en una de las estrellas más versátiles y todoterreno de su generación, es a quien le toca cargar con todo el peso humano de la película, mientras que la Sharon Tate encarnada por Margot Robbie aparece representada directamente como un icono. Como si de un auténtico ángel en la tierra se tratara, la actriz es convertida por Tarantino en el etéreo símbolo del fin y el inicio de una nueva era. A ambos personajes se les reserva un único momento en el que se les permite traspasar la cortina hacia el otro lado e intercambiar ambos planos de realidad, cuando el icono se vuelve humano al entrar en un cine para observar las reacciones del público a su trabajo y el simple actor debe convertirse en un personaje de ficción para resolver parte de la situación durante el apabullante clímax final.

El tercer vértice del triángulo es Cliff Booth, el especialista interpretado por Brad Pitt que acaba convirtiéndose por méritos propios en la gran atracción de la cinta y que en este caso es directamente un personaje de ficción de la cabeza a los pies. Anacrónico incluso para la época en la que se ambienta el film, portador de unas maneras y unos valores que lo convierten en arquetípico tipo duro más propio de un wéstern de John Ford, Pitt se merienda la película construyendo con DiCaprio una relación de amistad y lealtad masculina sencillamente memorable. Doble de acción para las escenas peligrosas, tanto en la pantalla como en la vida, Booth actúa como apoyo incondicional, protector, asistente y consejero. Una especie de versión amable de Un Tyler Durden al servicio de la vieja gloria deprimida a la que Pitt encarna con la contención, economía gesto al y el puro carisma que hoy por hoy solo él puede exhibir. “Recuerda que eres el puto Rick Dalton”, exclama en una de las escenas, dando a entender a la vez que solo el puto Brad Pitt puede hacer del puto Brad Pitt.

El brutal asesinato de Sharon Tate y sus amigos a manos de la Familia Manson marcó un abrupto punto de ruptura en la meca del cine, masacrando su imagen de glamour y felicidad y acabando con una era de inocente felicidad y despreocupación que dió pasó a la era de la paranoia. Para Tarantino, este hecho supone un fin de la inocencia de Hollywood y también personal. La mayor bofetada de realidad a su mundo de fantasía de la infancia es contestada a su manera, a la que nos tiene acostumbrados pero con un punto enternecedoramente infantil en esta ocasión.

Sea en la Francia ocupada por los nazis, la Norteamérica esclavista o el Hollywood de finales de los 60, los “Érase una vez…” de Tarantino son ante todo un “Ojalá “. Ojalá la vida fuese cine. Ojalá.

“Érase una vez en… Hollywood” se estrena en España el 15 de Agosto

@reyesdelmando Los Reyes del Mando
@Oscar_DLC Oscar De La Cruz
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