Crítica: «El Desafío» (The Walk)

«Tecnología generadora de emociones» por Oscar De La Cruz

Dentro de dos días se cumplirán exactamente 120 años del nacimiento oficial del cine. Esa noche del 28 de Diciembre de 1895, antes de evolucionar y convertirse en medio de expresión artística y en instrumento para contar historias, aparecía en pantalla un tren que avanzaba hacia unos espectadores temerosos de acabar atropellados.

A día de hoy siguen existiendo cineastas que mantienen ese perfil de ilusionistas como rasgo más característico, aplicando cada avance tecnológico con el objetivo de conseguir experiencias cinematográficas cada vez más inmersivas para el espectador, siempre a la búsqueda de simulaciones y engaños para nuestros sentidos capaces de generar emociones en su estado más puro. A esta categoría de creadores en la que podemos encontrar nombres como Steven Spielberg, James Cameron o Robert Zemeckis, que exprimieron a base de una imaginación infinita todos los trucos posibles a su disposición para hacernos creer que una bicicleta podía volar, que el cuerpo de un culturista podía esconder en su interior un esqueleto robótico o que actores de carne y hueso podían interactuar con dibujos animados, se les abría un nuevo mundo de infinitas posibilidades gracias a la incorporación de la informática al mundo del cine.

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Después de experimentar con la tecnología infográfica en tres títulos que pasaron con más pena que gloria por la taquilla («Polar Express», Beowulf» y «Cuento de Navidad») y varios films efectivos pero alejados de su estilo personal como «Náufrago», «Lo que la Verdad Esconde», «Contact» y «El Vuelo», «The Walk» nos trae de nuevo al Zemeckis de «Forrest Gump». Ese cineasta en el que siempre ha contrastado su vanguardista aplicación de las más novedosas técnicas cinematográficas con un estilo de narración marcadamente clásico, regresa con su proyecto más personal y reconocible en años y eso ya es motivo suficiente de celebración.

La asombrosa e irrepetible hazaña lograda por Philippe Petit en el año 1974 es el magnífico material de base sobre el que Zemeckis edifica una monumental pieza dividida en tres actos tan marcadamente diferenciados que podría catalogarse como tres películas en una. En su primer tercio, «The Walk» es un biopic que nos describe el particular caracter de Petit con un toque de bella irrealidad, sobre todo en la representación visual del París de los años 70, que otorga al film un espíritu de cuento de hadas que impregna de poesía y grandeza a una historia real ya de por sí alucinante. Es en esta parte donde más luce el talento visual y narrativo del director y la magnífica fotografía de Dariusz Wolski como apoyo al esforzadísimo trabajo de interpretación de Joseph Gordon-Levitt, auténtica piedra angular de todo el proyecto. A pesar del nulo parecido físico con el auténtico Petit, el actor muestra una entrega ejemplar a lo largo de todo el metraje con un correcto acento francés y un maravilloso trabajo en cuanto a lenguaje corporal.  Una gestualidad teatral y grandilocuente que lo hacen realmente creible como artista de circo y que ilustra a la perfección el caracter pasional, vitalista y circense del funambulista. Cuando la trama se traslada a Nueva York el rumbo vira radicalmente hacía una entretenidísima y vibrante película de robos que relata con todo detalle la preparación y ejecución del «golpe». Un segundo acto de corte más convencional que puede decirse que da por concluida la película a la hora y media exacta para dejar paso a la pura experiencia.

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James Cameron contó una historia de amor mil veces vista como excusa para exhibir ante nuestros ojos el hundimiento del Titanic y se limitó a hacer una adaptación interplanetaria de Pocahontas para hacernos sentir que realmente visitábamos Pandora. En el caso que nos ocupa quizá es algo más injusto, pero es cierto que todo lo visto acaba absorvido por el gran número final, dejando una sensación de juegos preliminares, de aperitivo para esos 17 minutos en los que experimentamos junto a Petit el mítico paseo.

La tecnología toma las riendas para colocarnos sobre el alambre y hacernos recorrer los 50 metros que separaban ambas esquinas de las dos torres del World Trade Center, sintiendo en carnes propias los 420 metros de altura de sus 110 pisos gracias a la profundidad que aporta el espectacular uso del 3D. Sentir como toda una sala de cine repleta de gente contiene el aliento a la vez en el momento en que Gordon-Levitt pone ambos pies sobre el cable es algo realmente inolvidable. Son 17 minutos de soledad, de emotivo homenaje a las trístemente desaparecidas torres, de vértigo auténtico y de una poesía absolutamente extraordinaria. A pesar de conocer la historia real y de haber visto los tráilers de la película, nadie es realmente consciente de la magnitud y la emocionante belleza contenida en la proeza de Petit hasta que la experimenta de esta manera, mientras suenan las emocionantes notas de la partitura de Alan Silvestri (sin él sería imposible comprender la filmografía de Zemeckis) y el «Para Elisa» del viejo Ludwig Van.

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«The Walk» es una de esas experiencias obligatorias que van más allá de lo cinematográfico. Imprescindible experimentarla en Imax 3D para disfrutarla como se debe. Lo único que puede enturbiar algo dicha experiencia es haber visto con anterioridad el oscarizado documental «Man on Wire», que al relatar también de manera magnífica los mismos acontecimientos puede restar bastante capacidad de sorpresa al film en su conjunto. Si no lo habéis visto, os recomiendo fervientemente que lo hagáis después de ver la película (lo tenéis disponible si sois suscriptores de Netflix) para comprobar con estupor que todo lo que en el film puede parecer un adorno o ligeras licencias para añadir espectacularidad, en su mayoría se quedan cortos en comparación a lo que sucedió realmente. Dejáos llevar y sentid la emoción, el vértigo y la grandiosidad de una hazaña realmente irrepetible.

@reyesdelmando Los Reyes del Mando
@Oscar_DLC Oscar De La Cruz

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