Crítica: «El Hombre de las Mil Caras»

«Así somos. Es lo que hay» por Oscar De La Cruz

Los últimos tiempos de la industria cinematográfica vienen marcados por una búsqueda más o menos segura de la rentabilidad, aferrándose a modas o tendencias basadas en productos de éxito. España no es una excepción y es un ejemplo claro de la explotación de dichas modas, especialmente en la época que vivimos. Nuevas generaciones de cineastas han llegado sin complejos, con nuevas influencias y mecanismos bien asimilados (sobre todo del cine norteamericano) y han sabido plasmar estas claves logrando productos de lo más comercial, huyendo de la simple copia y sin perder ese toque de identidad propia por el camino. Si la pasada década significó una importante evolución de nuestro cine de terror y un viraje hacia terrenos más sofisticados en la comedia, la época actual es sin duda la del apogeo del thriller patrio.

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Estos últimos años, el thriller nos ha dado una buena cantidad de películas de calidad y éxito comercial pero quizá no sería del todo justo meter en el saco de la «tendencia» el trabajo de Alberto Rodríguez, aunque sus tres últimos films pertenezcan al género. La filmografía del director sevillano juega en otra liga por aportar una clarividencia, atención por el detalle y una meticulosidad en la ejecución que, más que mostrar un toque extra de personalidad, ilustran una metodología completa de trabajo asombrosamente precisa y certera.

«El Hombre de la Mil Caras» llega a las pantallas bajo la presión de ser una auténtica reválida después del nivel alcanzado por «La Isla Mínima» y la primera noticia agradable es que la sensación de milimétrica perfección se mantiene intacta. Posiblemente lo único que la aleje de la calificación de obra maestra es que, por comparación y obligada por su propia naturaleza, le falta ese toque mágico en lo visual que hacía especialmente hipnótico a su anterior film. Esto no significa que la película no contenga recursos visuales sobresalientes, únicamente la sobriedad requerida por la estructura de una trama que se desarrolla principalmente a través de diálogos en interiores, hace que estén administrados en pequeñas dosis como los elegantísimos planos posteriores de los personajes avanzando a cámara lenta o dos escenas nocturnas en exteriores en las que puede lucir algo más la fantástica fotografía de Alex Catalán.

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En esta ocasión, Rodríguez deja de lado el policiaco para entrar de lleno en el subgénero de espionaje. Aparta la mirada del policía y pone el punto de mira en los ladrones, estafadores y trileros, un envoltorio ligeramente diferente que comparte muchos puntos en común con «Grupo 7» o la propia «La Isla Mínima». Temas recurrentes como las consecuencias de la utilización de las personas por parte de los altos poderes políticos para sus intereses o la desconfianza como ingrediente principal en las relaciones entre unos personajes que habitan en un universo de permanente ambigüedad moral, son la base de una nueva disección clara, sobria y con el mismo puntito de amargura de una porción de nuestra España, incluso con un toque de cierta nostalgia hacia unos tiempos en los que hasta para robar o estafar eran necesarias grandes dosis de talento y habilidad. Ahora todo está montado de tal manera que la total impunidad y falta de consecuencias hace que cualquier elemento mediocre pueda enriquecerse a manos llenas con total descaro y desfachatez. «Solo hice lo que hacen todos» exclama Luis Roldán para justificarse en un momento de la película. Así somos. Es lo que hay.

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Por ese motivo no es extraño que acabemos empatizando en cierta medida con un hombre capaz de engatusar a todo un gobierno en un acto de revancha primorosamente diseñado. La fascinante figura de Francisco Paesa da para un biopic de lo más goloso, sin embargo el férreo guión de la habitual dupla Alberto Rodríguez/Rafael Cobos aprovecha el libro de Manuel Cerdán y el Caso Roldán para acotar su retrato en un contexto muy concreto. Rodríguez continúa apostando por reforzar su película desarrollándola en un periodo histórico muy específico, exponer los hechos de manera quirúrgica bajo una estructura de novela por capítulos que también se ha convertido en marca de la casa y dejar fluir la narración a través de la relación a tres bandas entre Paesa, Roldán y Camoes.

Tanto José Coronado como Carlos Santos son dos aciertos mayúsculos de casting. Sus dos personajes son trajes hechos a medida para que Coronado esté de lo más cómodo y creíble como hombre acomodado y mujeriego adicto a la adrenalina y Santos preste su contrastada habilidad para encarnar el patetismo, la indefensión y la mediocridad de una persona que en ningún momento llega a ser consciente de donde se ha metido.  Lo de Eduard Fernández es otra exhibición más de talento superlativo. Gobierna la película de una manera majestuosa otorgando a la figura de Paesa el halo de misterio necesario para hacerlo indescifrable, convirtiendo cada diálogo en una verdadera partida de poker en la que siempre parece llevar la mano ganadora. Ojo a la escena del primer encuentro en el que Paesa tarda menos de un minuto en calar la mediocridad de Roldán, punto álgido de un trabajo interpretativo excelso. El mentiroso supremo orquesta el golpe de su vida a base de contención, miradas y de un sinfín de matices gestuales, ejemplo del inmejorable momento por el que pasa la carrera de uno de los mejores actores de nuestro país.

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Alberto Rodríguez ha conseguido que el relato de uno de los episodios más rocambolescos de nuestra historia reciente, de sobra conocido por cualquiera mínimamente informado, resulte tenso, apasionante y realmente entretenido, además de aportar el factor humano necesario para convertir en una película formidable un material que fácilmente podía haber quedado en una correcta recreación histórica, más cercana a un trabajo periodístico. El realizador andaluz continúa edificando sus sólidas propuestas con el guión como pilar fundamental, sigue demostrando una maestría para la dirección de actores fuera de lo normal y capitanea a su formidable equipo de colaboradores habituales de manera ejemplar. Lejos de la pose clásica de «artista» o de cualquier tipo de divismo, la imagen que proyecta Rodríguez, tanto en lo personal como a través de su trabajo, es la de un cineasta de talento que también consigue hacer destacar el talento de los demás implicados es sus proyectos. Guión, dirección, fotografía, interpretaciones, montaje, música, localizaciones… Al igual que en su anterior trabajo no hay ninguno de estos aspectos que no destaque o del que pueda decirse que está algo por debajo de los demás. La cercanía a la perfección dependerán de los ojos que juzguen, al fin y al cabo hablamos de arte, pero que «El Hombre de las Mil Caras» es la mejor película española en lo que llevamos de año es un hecho incontestable.

«El Hombre de las Mil Caras» se estrena en cines el próximo 23 de Septiembre.

@reyesdelmando Los Reyes del Mando
@Oscar_DLC Oscar De La Cruz

2 comentarios en “Crítica: «El Hombre de las Mil Caras»

  1. Buenos dias, la vi ayer y, al igual que pensaba que nunca veria «Lo que el viento se llevó» en pantalla grande, y la vi en el cine Callao. Digo, de igual manera, pensé que no veria nunca una Obra Maestra del cine español comtemporaneo (fuera de tópicos) nunca, y ayer la vi.
    Disfruté como un niño.

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