Crítica: «House of Cards» – Temporada 3

«Adictos al Poder»

Allá por sus comienzos, la primera escena de «House of Cards» ya dejaba claro que no íbamos a presenciar un thriller político al uso. Dicha escena se convertía en toda una declaración de intenciones sobre el tema en el que se cimentaría toda la serie: el poder. Pocas obras de ficción han tratado de manera tan arriesgada algo tan etéreo, intangible y difícil de cuantificar, enfocándolo desde múltiples puntos de vista, mostrándolo como motor del ser humano en absolutamente todos los aspectos de la vida y sobre todo como la más potente y adictiva de las drogas.

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Todos y cada uno de los personajes de «House of Cards» se podrían catalogar como auténticos yonkis del poder. Vampiros de apetito insaciable, eternamente insatisfechos en busca de su siguiente dosis, progresivamente despojados de cualquier atisbo de humanidad. La tercera temporada de la serie juega de manera habilísima con dicho enfoque del poder como sustancia adictiva, colocando a sus personajes en diversas encrucijadas que les obligarán a cuestionar el sentido de sus actos, depositando su grado de adicción y su propia alma en ambos platos de la balanza. Sin embargo estos animales políticos se mueven en un habitat gobernado por unas reglas sumamente cínicas y retorcidas. Una jungla llena de depredadores en el que una mínima muestra de humanidad es traducida como debilidad y castigada sin concesiones y en el que la búsqueda de redención puede llevar a la mismísima destrucción.

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Esto queda de manifiesto en la maravillosa y durísima subtrama principal de la temporada, protagonizada por Doug Stamper. El sicario de Frank Underwood es el paradigma del comportamiento compulsivo a lo largo de la serie, no solo por su alcoholismo. Su via crucis particular lo mantiene en un tenso pulso consigo mismo, debatiéndose entre seguir el camino del obsesivo amor que lo ha hecho caer en desgracia, o por el contrario rendirse a su naturaleza y regresar al tentador manto protector del diablo continuando bajo su magnético hechizo.

No solo Stamper se enfrenta a este tipo de elección. Personajes habituales en la órbita de Underwood como Remy Danton y Jackie Sharp o nuevas incorporaciones como el escritor interpretado por Paul Sparks, se debaten entre la repulsión y el embriagador magnetismo de Frank. Ni siquiera la siempre leal Claire, su auténtica otra mitad, es inmune a esa duda. Un sentimiento similar al nuestro como espectadores: lo aborrecemos tanto como nos fascina.

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Trás el magnífico plano final de la segunda temporada a cualquier persona normal podría pasarle por la mente considerar la llegada de Frank Underwood a la Casa Blanca como una meta alcanzada, pero nada más lejos de la realidad. Frank es el adicto máximo, para el solo es una etapa, un pasito más. «Simplemente me niego a aceptar que esto acabe aquí» le dice a su esposa en un momento en el que no vislumbra estrategia alguna en el camino para lograr la candidatura a las siguientes elecciones, en una magnífica demostración de la voracidad casi irracional del personaje. Por si nos quedaba alguna duda, Frank Underwood se revela definitivamente como la encarnación de Satán en la tierra.

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El nuevo escenario, con Frank y Claire ocupando la Casa Blanca, aporta frescura a la serie en esta tercera entrega y un sinfín de posibilidades magníficamente explotadas, sin abandonar las señas de identidad del show. Las soberbias escenas y diálogos suben de nivel en entornos como el despacho oval, la sala de mando o el Air Force One, al igual que los retos completamente nuevos a los que debe enfrentarse el matrimonio Underwood desde su nuevo cargo. Nuevas piedras en el camino representadas por el presidente ruso y la adversaria de Frank en la carrera por la candidatura, interpretados por unos perfectos Larss Mikkelsen y Elizabeth Marvel.

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Un nivel actoral espectacular en los rostros ya conocidos y en las nuevas incorporaciones, aunque Kevin Spacey y Robin Wright siguen demostrando que juegan en otra liga. En cada frase y escena da la impresión de que ambos son perfectamente conscientes de encontrarse representando los papeles de su vida y nos regalan por tercera vez un recital fabuloso. Poco más se puede decir cuando eres incapaz de imaginar a ningún actor o actriz sobre la faz de la tierra interpretando esos maravillosos personajes. No ha habido, ni seguramente habrá un presidente más creible y carismático ni una primera dama con más clase y elegancia en la historia del cine y la televisión. Sencillamente majestuosos.

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Lo peor de «House of Cards» es que en el horizonte se empieza a atisbar el final de una de las series referenciales en la ficción contemporanea. Elegantemente provocadora y oscura, fascinantemente divertida y perversa, el thriller político que se atreve a ir varios pasos más alla que cualquier otro, continúa en unos niveles tan estratosféricos de calidad que solo nos queda sentarnos y disfrutar del placer de ver televisión.

Esperaremos ansiosos esa cuarta temporada donde se romperá lo que parecía inquebrantable, dando paso a una catarata de acontecimientos tan apasionantes como imprevisibles que seguramente tambalearán como nunca los cimientos de este castillo de naipes. Seguimos declarándonos adictos a los Underwood, sin ninguna intención de desintoxicarnos.

Puedes seguir «House of Cards» – Temporada 3 en Canal + Series y Yomvi.

@reyesdelmando Los Reyes del Mando
@Oscar_DLC Oscar De La Cruz

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